Las llagas bucales son lesiones dolorosas que pueden aparecer en la lengua, la cara interna de las mejillas, los labios o las encías. Entre las más frecuentes se encuentran las aftas, también conocidas como úlceras aftosas. Aunque suelen ser benignas y temporales, pueden causar mucha incomodidad al comer, beber, hablar o cepillarse los dientes.
Lo más importante es entender que no todas las lesiones de la boca son iguales. Una afta no es lo mismo que un herpes labial, una irritación causada por un diente roto o una lesión que necesita revisión profesional. Por eso, conocer su aspecto, sus posibles desencadenantes y las señales de alerta ayuda a actuar con seguridad.
Qué son las aftas y cómo reconocerlas
Las aftas son pequeñas úlceras que aparecen dentro de la boca. Habitualmente presentan una zona central blanca o amarillenta, rodeada por un borde rojo. Pueden aparecer de forma aislada o varias a la vez y, en algunos casos, antes de que se formen se percibe una sensación de ardor u hormigueo.
La palabra llaga se utiliza de forma general para describir una herida o úlcera en la boca. Por tanto, una afta es un tipo de llaga, pero no toda llaga tiene por qué ser un afta.
En la mayoría de los casos, las aftas no son contagiosas y se curan por sí solas. El dolor suele disminuir durante los primeros días, mientras que la cicatrización completa puede tardar entre una y tres semanas.
Aftas y herpes labial no son lo mismo
Es frecuente confundir las aftas con las calenturas o herpes labial, pero se trata de lesiones diferentes.
Las aftas aparecen dentro de la boca y no se contagian. En cambio, el herpes labial suele localizarse en el borde de los labios o alrededor de la boca, formando agrupaciones de pequeñas ampollas con líquido. El herpes está relacionado con el virus del herpes simple y sí puede transmitirse.
Ante una lesión recurrente en el labio, con ampollas, picor o sensación de quemazón, conviene no asumir que se trata de un afta. La valoración por parte de un profesional permitirá diferenciar ambas situaciones y recomendar el tratamiento adecuado.
Por qué aparecen las aftas
No existe una única causa que explique todos los casos de aftas. A menudo aparecen sin un motivo evidente, aunque hay factores que pueden favorecer su desarrollo o actuar como desencadenantes.
Uno de los más habituales es el pequeño traumatismo dentro de la boca. Morderse accidentalmente la mejilla o la lengua, cepillarse con demasiada fuerza, sufrir un roce con una ortodoncia o tener un diente afilado, un empaste rugoso o una prótesis mal ajustada puede irritar la mucosa y favorecer la aparición de una llaga.
También pueden influir el estrés, el cansancio, los cambios hormonales o determinados alimentos que irritan la boca. En algunas personas, las comidas muy ácidas, picantes, saladas o duras pueden aumentar las molestias o coincidir con los brotes.
Las carencias de hierro, ácido fólico o vitamina B12 pueden relacionarse con la aparición repetida de aftas en algunos pacientes. No obstante, los suplementos no deben tomarse por cuenta propia como solución. Cuando las lesiones son frecuentes, el profesional puede valorar si existe una causa nutricional, médica o farmacológica que deba estudiarse.
Cómo aliviar el dolor y favorecer la cicatrización
Las aftas no suelen desaparecer de un día para otro. El objetivo del cuidado en casa es reducir el dolor, evitar más irritación y facilitar que la mucosa cicatrice.
Durante los días en los que la lesión está activa, es recomendable elegir alimentos blandos y bebidas frescas. También puede ayudar evitar comidas muy calientes, picantes, saladas, ácidas o crujientes, ya que pueden aumentar el escozor y retrasar la comodidad al comer.
El cepillado debe mantenerse, pero con un cepillo de cerdas suaves y movimientos delicados. Una buena higiene oral ayuda a mantener la boca limpia sin lesionar la zona afectada.
Los enjuagues con agua templada y sal pueden aliviar temporalmente las molestias. Para prepararlos, se puede disolver media cucharadita de sal en un vaso de agua tibia, realizar un enjuague suave y escupir el líquido sin tragarlo.
En la farmacia existen geles, colutorios, sprays o productos con efecto anestésico que pueden disminuir el dolor de forma puntual. También pueden recomendarse colutorios antisépticos en determinadas situaciones. Es importante seguir siempre las indicaciones del farmacéutico, dentista o médico, especialmente en niños, embarazadas o personas que toman otros medicamentos.
En los casos más dolorosos, persistentes o repetitivos, el dentista o el médico puede indicar tratamientos específicos, como medicamentos tópicos con corticoides o tratamientos para controlar el dolor. Estos productos no deben utilizarse sin supervisión profesional.
Qué hacer para evitar que reaparezcan
No siempre es posible prevenir las aftas, pero sí se pueden reducir algunos de sus factores desencadenantes.
Una medida útil es identificar si existe algún alimento, hábito o situación que coincida con la aparición de las lesiones. Llevar un pequeño registro de los brotes puede ayudar a detectar si se relacionan con estrés, falta de descanso, determinados alimentos o roces dentro de la boca.
Las revisiones dentales regulares también son importantes. El dentista puede detectar dientes fracturados, bordes afilados, empastes deteriorados, prótesis mal ajustadas o aparatos de ortodoncia que estén provocando lesiones repetidas.
Conviene mantener una dieta variada y equilibrada, una correcta higiene oral y una técnica de cepillado suave. En personas con aftas frecuentes, puede ser útil revisar si el dentífrico provoca irritación y evitar productos que resulten agresivos para la mucosa oral.
Cuándo hay que acudir al dentista
La mayoría de las aftas son benignas, pero una llaga persistente debe revisarse. Es recomendable pedir cita con el dentista si la lesión no mejora claramente en dos semanas o si permanece durante más de tres semanas.
También debe solicitarse valoración si la llaga es muy grande, aparece con frecuencia, sangra, se vuelve más dolorosa, presenta una zona muy roja o se acompaña de fiebre, diarrea, erupciones en la piel o molestias en otras partes del cuerpo.
Es especialmente importante revisar una lesión que se acompaña de un bulto, manchas blancas o rojas, dolor que no desaparece, dificultad para tragar, hablar o mover la lengua. Estos síntomas no significan necesariamente que exista un problema grave, pero necesitan una exploración profesional para conocer su causa.





