
Hay gestos que hacemos casi de manera automática y a los que apenas prestamos atención. Por ejemplo pueden ser morder el bolígrafo mientras trabajamos, triturar el hielo que queda en una bebida, mordernos las uñas o utilizar los dientes para abrir un envoltorio. Parecen acciones sin importancia, especialmente cuando no provocan dolor inmediato, pero repetirlas puede terminar pasando factura a nuestros dientes.
Precisamente porque muchos de estos daños no se perciben al principio, una revisión con un dentista en Madrid Centro puede ayudar a detectar pequeños desgastes, fisuras o alteraciones antes de que comiencen a provocar molestias. No todos los hábitos tienen las mismas consecuencias ni todas las personas presentan el mismo riesgo, pero merece la pena prestar atención a cómo utilizamos nuestros dientes fuera de las comidas.
Los dientes no están hechos para abrir, cortar o sujetar objetos
Una de las costumbres más habituales es utilizar los dientes como si fueran una herramienta. Abrir bolsas, cortar etiquetas, sujetar objetos mientras tenemos las manos ocupadas o intentar retirar un tapón puede parecer práctico, pero supone aplicar sobre determinadas piezas una presión para la que no están diseñadas.
Algo parecido ocurre al masticar hielo o alimentos extremadamente duros. La Asociación Dental Americana advierte de que morder hielo, granos de maíz sin explotar o utensilios como bolígrafos puede provocar daños en el esmalte e incluso fracturas dentales.
El problema es que no siempre aparece una rotura evidente. En ocasiones puede producirse una pequeña fisura que inicialmente no genera síntomas. Con el tiempo, sin embargo, podemos empezar a notar sensibilidad, molestias al morder o una sensación diferente en esa pieza.
Morder habitualmente bolígrafos o lápices también mantiene una presión repetida sobre zonas concretas de los dientes. Lo mismo sucede con las uñas. Aunque realizar uno de estos gestos ocasionalmente no significa que vayamos a sufrir necesariamente un problema dental, convertirlo en una rutina aumenta la exposición de los dientes a fuerzas innecesarias.
También conviene olvidar una idea bastante extendida. Y es que muchas bulos confirman de forma errónea que un diente está sano simplemente porque no duele. Determinados daños en el esmalte o pequeñas fracturas pueden existir antes de que aparezcan molestias importantes.
No todo el desgaste viene de morder cosas
El desgaste dental tampoco depende exclusivamente de estos hábitos mecánicos. Lo que bebemos y cómo lo hacemos también puede influir en el esmalte.
Las bebidas ácidas, entre ellas numerosos refrescos, pueden favorecer la erosión dental. El problema es diferente al de una fractura provocada por morder algo duro: en este caso, los ácidos pueden ir debilitando progresivamente la superficie del diente. Fuentes sanitarias británicas recuerdan que incluso algunas bebidas gaseosas sin azúcar siguen siendo ácidas y pueden contribuir a la erosión.
La saliva desempeña aquí un papel importante, ya que ayuda a neutralizar los ácidos y participa en la protección y remineralización del esmalte. Por eso tampoco es lo mismo beber ocasionalmente una bebida ácida que estar tomándola continuamente durante horas.
Más allá de modificar determinadas costumbres, lo importante es observar cualquier cambio que antes no estaba presente. Notar un borde dental diferente al pasar la lengua, pequeñas irregularidades, sensibilidad que aparece de repente, molestias al masticar o una pieza que parece haberse astillado son motivos suficientes para comentarlo durante una revisión.
Además, merece la pena preguntarse cuántas veces utilizamos los dientes para algo diferente de masticar alimentos. Muchas de estas acciones se realizan de forma inconsciente y corregirlas puede ser tan sencillo como dejar el bolígrafo sobre la mesa, no masticar el hielo de la bebida o buscar unas tijeras en lugar de abrir un paquete con la boca.


