La implantología ha experimentado avances significativos en los últimos años, y uno de los aspectos más destacados es el papel del tejido duro en el mantenimiento del tejido periimplantario.

 Las patologías periimplantarias representan la mayor amenaza para la supervivencia y éxito de los implantes a largo plazo. Tradicionalmente, se entendía que la pérdida de hueso periimplantario era inevitable y que posiblemente no repercutiría negativamente en el éxito a largo plazo. Sin embargo, las definiciones actuales de periimplantitis hacen referencia a la pérdida de hueso progresiva como indicador de patología.

Por lo tanto, es crucial que el clínico comprenda los principios biológicos de remodelación ósea y cómo manejarlos para minimizar la reabsorción de hueso como resultado del proceso fisiológico posquirúrgico y de establecimiento y anclaje del tejido conectivo supracrestal alrededor de los implantes.

Los primeros pasos en la implantología oral contemporánea concebían el éxito simplemente en la incorporación de un material aloplástico, es decir, de un material inerte, en hueso vital a través de la reparación originada tras el trauma quirúrgico. Sin embargo, con el tiempo, se ha llegado a entender que la estabilidad del nivel óseo es un indicador crucial de la salud de los implantes dentales.

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