El cuidado de la higiene oral puede marcar la diferencia para una persona con daño cerebral adquirido para varias de sus realidades.

Por ejemplo, puede ser la frontera entre una correcta alimentación y la desnutrición; entre la capacidad de comunicarse correctamente con las personas que la rodean y el aislamiento; entre un pronóstico favorable para la rehabilitación y el estancamiento o la atonía.

Por eso, para estas personas, el hábito de higiene bucodental va mucho más allá de lo que es para el resto de los ciudadanos, que lo hacen por limpieza, mantener a raya la caries y las enfermedades periodontales y mantenerse alejados de una extracción.

El daño cerebral adquirido es la discapacidad resultante de las secuelas que permanecen en la persona después de un ictus o un traumatismo craneoencefálico, explica Begoña Hermida Val, de la Federación Gallega de Daño Cerebral de A Curuña, Fegadace.

Las consecuencias más habituales que enfrentan las personas con daño cerebral adquirido son, entre otras, la disfagia, problemas motores, parálisis musculares, alteraciones en la sensibilidad, que se retroalimentan con el mantenimiento de una correcta higiene bucodental. “Pero, además, es común que la persona con daño cerebral tenga falta de concentración, impulsividad o hiperactividad, vea afectada su memoria y/o el lenguaje, presente alteraciones conductuales leves y otras múltiples secuelas que prácticamente imposibilitan la asistencia a una consulta odontológica de las habituales”, dice Hermida.

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